Por qué el 60% de las casas en España se convierten en hornos (y cómo se evita desde el proyecto)

Llega julio, sube el termómetro y, como cada año, las mismas frases se repiten en cualquier terraza de este país: «esta casa no hay quien la aguante», «aquí dentro se está peor que fuera», «tenemos el aire puesto todo el día y no enfría nada». No es una sensación exagerada ni una manía colectiva de los españoles. Es, literalmente, un problema de diseño.

Según un informe elaborado por la Universidad del País Vasco (UPV) junto con Knauf, el 60% de los edificios en España sufre sobrecalentamiento durante las olas de calor (UPV & Knauf, 2026). No hablamos de un dato anecdótico ni de una opinión de arquitecto enfadado con el sector. Hablamos de seis de cada diez edificios del país convertidos, literalmente, en acumuladores de calor que no sueltan su carga ni de noche.

Y si os preguntáis por qué pasa esto a una escala tan masiva, la respuesta tiene fecha: más del 80% del parque edificado español se construyó antes de 1980, cuando todavía no existía ninguna normativa de eficiencia energética (UPV & Knauf, 2026). Es decir, la mayoría de las viviendas que hoy seguimos habitando, comprando, vendiendo y reformando se proyectaron en una España donde nadie pensaba en aislamiento térmico, porque sencillamente no era una exigencia legal ni una preocupación de mercado.

El problema no es el calor de fuera, es el que se queda dentro

Aquí está el matiz que casi nunca se explica bien: una vivienda mal construida no es la que más calor recibe, sino la que peor lo gestiona. Muros sin aislamiento, ventanas obsoletas con carpinterías que dejan pasar el aire por cualquier rendija, sistemas de climatización pensados para tapar el problema en lugar de resolverlo desde la raíz. El resultado es ese fenómeno tan conocido en verano: durante el día entra calor, durante la noche no sale, y la vivienda nunca llega a «descansar» térmicamente.

El resultado es ese fenómeno tan conocido en verano: durante el día entra calor, durante la noche no sale, y la vivienda nunca llega a "descansar" térmicamente.

Desde la entidad financiera UCI lo resumen con una frase que deberíamos colgar en la entrada de cualquier estudio de arquitectura: las viviendas tienen que ser un refugio frente al calor, no una fuente de estrés económico y de incomodidad (UCI, 2026). Porque el problema no termina en el malestar de no poder dormir bien con 28 grados en el dormitorio. Termina también en la factura de la luz, en un aire acondicionado que trabaja el doble para compensar lo que la propia construcción no hace.

Hay un dato que ilustra muy bien hasta qué punto la temperatura interior es contraintuitiva: cada grado que bajamos el termostato por debajo del rango recomendado de 24-26°C dispara el consumo entre un 7% y un 10%, sin que eso se traduzca en confort real adicional (IDAE, citado en ClimaJobs, 2026). Es decir, muchas familias están pagando de más por una climatización que pelea contra un diseño que no la ayuda.

Lo que dice la ciencia del clima español (y lo que viene)

Conviene también poner el fenómeno en perspectiva temporal, porque no estamos hablando de un verano puntual más caluroso de lo normal. La temperatura media en España ha subido 1,75°C desde 1961 (citado en El Español, 2026), un incremento que cambia las reglas del juego para cualquier vivienda pensada con criterios de hace varias décadas. Lo que antes era una ola de calor excepcional de tres o cuatro días, según las previsiones meteorológicas para este verano podría sostenerse entre cinco y siete jornadas seguidas, con noches tropicales que no bajan de los 20°C encadenándose durante semanas en buena parte del territorio (AEMET, 2026).

Sin descanso térmico nocturno, el cuerpo no recupera bien, y eso no es solo un tema de confort: es un asunto de salud, especialmente para personas mayores y niños. La vivienda, en este contexto, deja de ser solo un lugar donde vivir para convertirse en la primera línea de defensa frente a un clima que está cambiando de verdad, no de forma anecdótica.

La diferencia está en el proyecto, no en el parche

Aquí es donde queremos ser honestos con vosotros, porque en el sector se vende mucho «remedio rápido» para el calor: persianas térmicas, films para cristales, ventiladores estratégicamente colocados. Funcionan como parche, pero no resuelven nada de raíz. La solución real al sobrecalentamiento se decide en la fase de proyecto, mucho antes de levantar el primer muro.

El Código Técnico de la Edificación, a través de su Documento Básico de Ahorro de Energía (DB-HE), ya obliga a toda obra nueva en España a cumplir unos niveles mínimos de aislamiento, control solar y hermeticidad en fachadas, cubiertas y huecos acristalados, con exigencias que varían según la zona climática de cada municipio (CTE DB-HE, 2019). Es decir: hoy, construir bien no es una opción estética, es un mínimo legal. Pero entre cumplir el mínimo normativo y proyectar una vivienda que de verdad resuelva el confort térmico hay un trecho enorme, y ahí es donde entra el criterio técnico de quien ejecuta la obra.

Una orientación bien estudiada, que aproveche la luz en invierno y evite la radiación directa en las horas más duras de verano. Una envolvente térmica continua, sin puentes térmicos que filtren el calor por donde nadie lo espera. Ventilación cruzada planificada desde los planos, no improvisada con ventanas abiertas al azar. Cada una de estas decisiones, tomadas en el momento adecuado del proyecto, vale más que cualquier electrodoméstico que se instale después.

Mientras buena parte de España se enfrenta a un verano de noches tórridas encadenadas, Cantabria sigue beneficiándose de un clima atlántico que amortigua de forma natural los picos extremos de calor.

Cantabria, un punto de partida distinto

Y aquí entra una variable que en Scio llevamos años defendiendo: el lugar donde se construye también importa, y mucho. Mientras buena parte de España se enfrenta a un verano de noches tórridas encadenadas, Cantabria sigue beneficiándose de un clima atlántico que amortigua de forma natural los picos extremos de calor. No es magia, es geografía. Pero esa ventaja climática solo se aprovecha de verdad cuando se combina con un proyecto bien construido; un clima favorable con una vivienda mal aislada sigue siendo una vivienda incómoda.

Por eso, cuando hablamos de obra nueva en Cantabria, no hablamos solo de levantar metros cuadrados. Hablamos de aprovechar al máximo una región donde el clima ya juega a favor, con una ejecución técnica que multiplica esa ventaja en lugar de desperdiciarla. Esa combinación —territorio más criterio técnico— es, en nuestra opinión, el verdadero argumento de inversión para quien busca una vivienda de alta gama pensada para durar décadas, no solo para pasar el próximo verano.

Si estáis valorando un proyecto de construcción o rehabilitación integral en Cantabria, este es exactamente el tipo de decisiones que conviene poner sobre la mesa desde el primer boceto, no cuando ya está todo construido y solo queda apagar fuegos con aire acondicionado.